domingo, 8 de mayo de 2016

Fracasos aparentes

En esta vida todos llegamos a probar, tarde o temprano, el sabor del fracaso. Y, desde mi humilde opinión, si no lo has hecho es porque no has intentado hacer nada que merezca la pena. Al fin y al cabo, la única manera de saber que no vas a perder nunca una batalla es huyendo de todas las que se te presenten en la vida. Pero, sirviéndome del argot guerrero, nuestra vida no es para no perder batallas... sino para ganar la guerra.


Como cristiano, cuando trato de profundizar en un tema siempre comienzo por preguntarme como lo vivió Cristo en su vida. Es curioso, muy curioso, pero todavía no he encontrado un tema humano en mi vida que no tenga su eco en la vida de este Hombre que vivió hace 2000 años y del que toda la información escrita que tenemos son un puñado de páginas. 

Volviendo al tema: ¿vivió Jesús el fracaso en su vida? Así como el trueno sigue al rayo, a mí tras esta pregunta se me viene a la cabeza lo que conocemos de su muerte; en la cruz, de la manera más cruel, más detestable en aquel tiempo, traicinado por uno de los suyos, negado por tres veces por aquel al que confió su legado, injuriado y maldecido por el pueblo al que vino a redimir, sintiéndose abandonado por el Padre... Podría seguir, pero quizá ya baste para explicar por donde voy. Jesús sintió en sus propias carnes el fracaso de una manera que quizá tú y yo sólo podemos vislumbrar. Siendo todo esto cierto, no considero, ni por asomo, a Jesús un fracasado. ¿Por qué? Porque humanamente su muerte podía parecer un fracaso, un fracaso humano, pero en realidad era un 'fracaso aparente' que quedó desenmascarado por la Resurrección. Jamás, repito, jamás, el Amor será un fracaso; podrá ser un 'fracaso aparente' como mucho.


¡Cuánto me falta a mí para llegar a vivir esto! Cuánto me falta creerme que el oro para relucir tiene que pasar primero por el crisol, cuánto me cuesta vivir de fe y no tirar la toalla ante el primer fracaso aparente... Cuántas veces, al palpar mis fracasos de manera objetiva, creo que son definitivos, que no tienen vuelta atrás, que no son aparentes. De aquí la importancia de saber cuál es la meta. Tenemos el derecho a equivocarnos en los cruces, pero tenemos que levantar la cabeza para otear en el horizonte la meta, que no es otra que la de la santidad. No una santidad ideal construida a base de sueños, sino una santidad realista donde a cada tropiezo siga un intentarlo de nuevo, no por nuestra fuerza, sino porque "todo lo podemos en Aquél que nos conforta" (Filipenses 4, 13). Alguien dijo que la santidad no es un camino excesivamente difícil sino que es más bien un camino largo. El Padre Tomás Morales lo dijo con otras palabras: "no cansarse nunca de estar empezando siempre".

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